Héctor Alterio y José Sacristán, dirigidos por Oscar Martínez
El miércoles estrenan Dos menos, la obra del francés Samuel Benchetrit que se asoma a la relación de dos hombres en sus últimos días. Aquí hablan del paso del tiempo y de sus beneficios a la hora de ir por la vida contando historias.
Casi frágiles, alrededor de una mesita de jardín, expuestos al miroytoco de la gente que deambula por el Paseo La Plaza, esperan con ojos resignados el escrutinio de la curiosidad ajena. El más molesto parece ser Héctor Alterio, obligado a soportar el ruido del ambiente. El español José Sacristán, cual visitante que acepta las reglas del hospedaje, luce mejor aspectado ante el peso del entorno, mientras que Oscar Martínez, con profesional energía, se muestra listo a tomar la antorcha y liderar la charla. Con más o menos señales de cansancio, los tres se preparan en la línea de largada para lanzarse a la carrera que más les gusta. Porque el miércoles, en la sala Pablo Neruda, estrenan Dos menos, del francés Samuel Benchetrit, una producción de Ana Jelin, Pablo Kompel y Sebastián Blutrach, que dirige Martínez y protagonizan Alterio y Sacristán, acompañados por Diana Lamas y Claudio Dapassano.
Montada con gran repercusión en Francia, con la actuación de Jean Louis Trintignant, ex suegro del autor, la obra habla sobre dos viejos, Julio y Pedro, que coinciden en la terapia intensiva de un hospital y a quienes les diagnostican muy poco tiempo de vida. Por ello, deciden iniciar una fuga, un viaje a lugares reconocibles o quizás un regreso a sentimientos olvidados.
–Es parecida al film Antes de partir (Rob Reiner, 2007, con Jack Nicholson y Morgan Freeman).
–Martínez: Sí, la vi, y creo que es un robo de la obra pasado por la procesadora de Hollywood y convertido en otra cosa. Hay puntos de contacto pero es mucho más floja. Y en los créditos no figura nada, es directamente un robo.
–Las actrices dicen que no hay papeles para mujeres grandes. ¿Con los actores pasa lo mismo?
–Sacristán: Creo que hay más posibilidades para hombres que para las señoras. Claro que generalizar es temerario en este oficio: hay casos de hombres mayores que han ido a la ruina y mujeres que han prevalecido.
–Alterio: Yo me fui adecuando a la oferta y la demanda provocada por la edad, hice personajes de jóvenes, de adultos y de viejos, del galancito joven al señor cornudo conciente y el viejo terminal, lo que es acorde a tu aspecto y posibilidades. En general, cuando hacés de viejo, lo acentuás, para que parezca más viejo que vos (risas).
–¿Pero el narcisismo del actor no se resiente con ciertos papeles?
–Sacristán: Depende de cómo lo enfrente cada uno. Es un proceso natural, integrado a mi propia vida, tengo espejos en mi casa y estoy encantado de seguir cumpliendo años con cierta lucidez y capacidad física. Así que ni me lo planteo ni tengo ningún trauma.
–Martínez: Para mí, escasean por igual los papeles para gente mayor y no tan mayor. No es fácil encontrar a un protagonista de 60 años y no es una cuestión de género. De todos modos, creo que encontrar buenos materiales en teatro, para cualquier edad y sexo, es difícil porque lo que escasean son los buenos materiales. Aunque yo no entro en esa generalidad porque vengo de hacer Días contados, donde Claudia Lapacó ganó todos los premios por su actuación.
Ella en mi cabeza y Días contados son las dos piezas escritas (y dirigidas) por Martínez, que inició su carrera de dramaturgo en 2005; antes, la de director de teatro y hace mucho, más de 35 años, la de actor, un sabor al que acaba de regresar con el protagónico de El nido vacío, el film de Daniel Burman, después de una década de no hacer cine. En teatro, su última actuación fue en 2004, con Art, de Yasmina Reza, en gira por España. “No extrañé actuar porque escribir y dirigir mis obras me colmó absolutamente: no hay que venir todas las noches y, por suerte, cobraba mis porcentajes como autor y director”, reconoce Martínez, que verá en poco tiempo sus obras representadas en Madrid y París.
–Sacristán: Bueno, no sigas enumerando las ventajas de ser director.
–Martínez: Pero vos también dirigiste.
–Sacristán: Mi experiencia como director es limitada y siempre fue una extensión del trabajo de actor.
Con largas trayectorias, aventuras compartidas y cruces variados, el trío conoce sus devenires: Alterio y Sacristán trabajaron en Asignatura pendiente y A la pálida luz de la luna, entre otras películas, aunque no en el escenario; también en el cine coincidieron los dos argentinos, en La tregua y Contar hasta diez; pero nunca el español y el más joven habían logrado “hacer algo juntos”, como dicen. Por otro lado, ambos recorrieron el camino de la dirección ya que Sacristán tiene en su haber tres películas (Soldados de plomo, Cara de acelga y Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?) y dos espectáculos teatrales (hace poco, Un Picasso, que también protagonizó).
–¿Pero al conocer el paño, no hay tentación de meterse en el trabajo del director o en el texto del autor?
–Sacristán: Asumo una disciplina porque confío en la persona que va a dirigir y por eso acepto el trabajo. Y si el director es actor, ayuda a que entienda si uno interviene o cuestiona algo y siempre la última palabra será la suya.
–Martínez: Yo no modifico el texto de otro porque me gusta el teatro de escritorio, bien escrito, y sólo tengo que ser intérprete de ese material. Y lo hago de una manera más relajada que si son mis propios textos, con los que tengo una relación más neurótica, más obsesiva, lo que agrega una dosis de intensidad que, según el caso, puede resultar mejor o peor.
–¿Qué marcaciones y matices diferenciados encuentran entre la dirección de cine, teatro y TV?
–Sacristán: El punto de partida básico no está en el medio, ni siquiera en el género, sino en la bondad o no del texto, el personaje y la historia. Y en creer en lo que uno hace. Pero puede ser que uno lo haga porque tiene que pagar el recibo de la luz y es entendible porque hay que ser más humilde y no creer que uno está aquí para cambiar el rumbo de la humanidad, uno trata de sobrevivir.
–Martínez: Me niego a equiparar a la televisión, por mejor que sea, con el cine o el teatro, porque no es un arte y me irrita mucho que el gusto esté hegemonizado por la tevé que ofrece tan pocas posibilidades expresivas, ya que no pasa de la crónica diaria, del costumbrismo y hace daño porque el actor siempre hace lo mismo. Y no es lo mismo dirigir o ser dirigido en cine y teatro. Sólo los muy buenos actores pueden estar en los dos medios. Un buen actor de teatro va a hacer un buen papel en cine, pero al revés no se da necesariamente. Javier Bardem, que me parece un portento de actor, venía a vernos día por medio cuando estábamos en Madrid haciendo Art y nos hicimos amigos. “Joder –decía–, yo te veo a ti ahí sentado cuando se levanta el telón y digo ‘qué cojones tiene este tío’”. Nunca hizo teatro y seguramente tendría enormes dificultades para hacerlo porque ya está acostumbrado a la mecánica del cine. Y estamos hablando de alguien de muchísimo talento. Un mal actor, incluso alguien que no es actor, puede pasar en cine pero en teatro eso no se disimula. El teatro es del actor, así como el cine es del director.
–¿Y no te puso nervioso dirigirlos a ellos?
–Martínez: No. Si ésta fuera mi primera puesta, habría estado ansioso, inquieto y temeroso. Además, lo mejor que le puede pasar a un director es tener actores como ellos. Es más difícil trabajar con actores sin tanta experiencia, talento y horas de vuelo. No tengo dudas de que son más dóciles, creativos y disciplinados que un actor de 25 o 30 años. Es como un técnico de fútbol: qué mejor que tener estrellas que jueguen bien.
–A esta altura de sus trayectorias, ¿qué es lo más valorado por un actor: un buen texto, el aplauso, la crítica, llevarse bien?
–Sacristán: No renuncio a nada de eso. Pero me resulta inviable una aventura de trabajo sin una buena relación con mis compañeros. Si eso no está, a mí no me merece la pena.
–Alterio: Lo movilizador es hacer personajes alejados de uno, que posibiliten bucear lo que no es corriente en tu vida. Eso forma parte del divertimento, de renovar el interés, de transformar en alegría el trabajo. Y que la respuesta del público sea como uno pensó. Suele pasar que no, pero bué...
Benchetrit: el escritor y la tragedia
La vida profesional e íntima de Samuel Benchetrit siempre fue intensa. Abandonó la escuela a los 15 años y empezó a trabajar de plomero, siendo más tarde vendedor de coches y acomodador de cine. Fascinado por las lecturas de Brautigan, Fante y Bukowski, comenzó a escribir: en 2005 publica la novela Crónicas del asfalto (traducida al español por Anagrama) y la pieza teatral Dos menos, que Jean-Louis Trintignant llevó a escena. En cine, dirigió la película Janis et John, con Sergi López, Christopher Lambert y Marie Trintignant, su ex mujer (una década mayor que él) y madre de su hijo. Para la hija del famoso actor francés fue el último papel: murió en 2003, asesinada a golpes por su pareja del momento, el ex líder del grupo de rock Noir Désir, Bertrand Cantat, quien después de cuatro años de prisión, obtuvo la libertad condicional por buena conducta el año pasado. En el film, Marie interpreta a una falsa Janis Joplin, papel por lo que decidió prepararse, estudiar canto e ir a recitales rockeros. En uno de ellos conocería a su verdugo.
• Leni González | Crítica | 2008-04-27
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